¿Qué tienen en común un minion, una botella de aluminio y una pinza de tender la ropa? A primera vista, probablemente nada. Pero para Alfredo Corell fueron suficientes para explicar qué es un anticuerpo neutralizante ante cientos de miles de personas por televisión en plena pandemia de la COVID-19.

Aquella escena resume su manera de trabajar: buscar una forma diferente de explicar lo complejo. En aquella ocasión, un minion se convirtió en un virus, una botella hizo de célula y una pinza de tender representó a un anticuerpo capaz de bloquear la entrada del virus. Una idea tan sencilla como inesperada consiguió hacer visible, en apenas unos segundos, un concepto de inmunología que podía resultar difícil de entender.

Y es que Alfredo lleva años moviéndose precisamente en esa frontera entre conocimiento y comunicación. Es catedrático de Inmunología en la Universidad de Sevilla, facultativo de Inmunología en el Hospital Virgen del Rocío y divulgador científico. Una combinación que le ha permitido vivir la ciencia desde el laboratorio, el aula y los medios de comunicación, aprendiendo a traducirla para públicos muy diferentes.

Su trabajo divulgativo le ha convertido además en una de las voces reconocidas de la comunicación científica en España y le ha llevado a participar en numerosos medios para acercar la ciencia a la sociedad. Una labor que ha sido reconocida, entre otros, con el Premio CSIC-Fundación BBVA a la Comunicación Científica.

En esta entrevista hablamos con Alfredo Corell sobre creatividad, ciencia y curiosidad, pero también sobre atención, pensamiento crítico, desinformación y la importancia de saber cambiar de opinión cuando aparecen nuevas evidencias. Una conversación que comienza con una pinza de tender y termina con una pregunta que puede ser mucho más poderosa de lo que parece: ¿y si no fuera así?

Bienvenido a Creatividad Activa, Alfredo. En primer lugar, háblanos de ti, cuéntanos un poco sobre quién eres como persona y como profesional.

Soy catedrático de Inmunología en la Universidad de Sevilla y facultativo de Inmunología en el Hospital Virgen del Rocío, pero quedarme solo con el título técnico me sabe a poco. Doy clase, investigo y divulgo, y soy incapaz de estarme quieto. Me fascina cómo funciona el cuerpo humano, pero me obsesiona casi más el otro problema: cómo se lo cuentas a alguien para que lo entienda, lo recuerde y no se coma unos bulos por el camino. He vivido la ciencia desde el laboratorio, desde el aula y desde un plató de máxima audiencia, tres mundos que hablan idiomas distintos y que he tenido que aprender a traducir entre sí. Y de carácter soy curioso e inconformista, con un defecto que a estas alturas ya asumo: donde la desinformación pega fuerte, me cuesta callarme.

El concepto “creatividad” tiene cientos de definiciones a lo largo de los años, pero ¿Qué es para ti la creatividad?

Una forma de mirar. No la asocio con el arte ni con la ocurrencia genial que cae del cielo; la asocio con cambiar el ángulo de una pregunta y encontrar una salida donde parecía haber tan solo una pared. En mi trabajo aparece sobre todo cuando traduzco entre públicos, desde lo científico a lo mundano: coger algo complejo y dar con la imagen exacta que le abre la puerta a otra persona. La creatividad no es un don que te toca en una rifa: es curiosidad con oficio, además del permiso para pensar raro un rato sin que te dé vergüenza.

 

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¿Crees que un buen científico necesita ser creativo para hacer descubrimientos interesantes?

Sin ninguna duda. Pensamos en la ciencia como un método frío y eso es tan sólo media verdad interesada: hace falta rigor, datos y prudencia, claro que si… pero la otra mitad es imaginación pura. Formular una buena pregunta ya es un acto creativo. Diseñar el experimento, también. Y decidir qué haces con un resultado que no esperabas, todavía más. Mucha gente coloca creatividad y rigor en bandos enfrentados, y es al revés: la creatividad abre puertas y el rigor comprueba cuáles llevan a algún sitio. Solo con imaginación te quedas en ocurrencias bonitas. Solo con método repites el camino de siempre y no descubres nada nuevo.

¿Recuerdas algún momento en el que una idea aparentemente “absurda” terminara siendo útil en tu trabajo?

Sí, la que me cambió mi carrera como comunicador científico. Estaba en televisión -en la pandemia por el COVID-19-  ya conectado al skype, en un programa de máxima audiencia, y tenía que explicar en directo qué era un anticuerpo neutralizante. Con el reloj corriendo, sin poder soltar una clase magistral y con cientos de miles de personas al otro lado que se irían al mando a la primera palabra técnica. Y en lugar de buscar la definición perfecta, miré lo que tenía a mano.

Monté la escena con tres objetos de andar por casa: un minion haciendo de virus, una botella de aluminio de las de beber agua haciendo de célula, y una pinza de tender la ropa haciendo de anticuerpo, que se enganchaba al minion y le impedía entrar en la botella. Ahí, en diez segundos, se veía lo que es un anticuerpo neutralizante: algo que bloquea al virus antes de que infecte a la célula. No hizo falta ninguna una palabra rara ni tecnicismo.

Aquello, que sobre el papel parecía una chiquillada, fue un antes y un después. Fue mi paso fundamental como divulgador y me enseñó dos cosas que ya no se me han olvidado. La primera, que subestimar al público con tecnicismos es el verdadero error, no al revés. Y la segunda, que la imagen correcta hace un trabajo que ninguna definición consigue: si una imagen vale más que mil palabras, una buena metáfora vale más que mil diapositivas. Desde aquel minion, cada vez que preparo algo difícil me hago la misma pregunta: ¿cuál es la pinza de tender de este concepto?

¿Tienes un lugar o momento específico donde te sientes más creativo?

Casi nunca sentado frente al ordenador ordenándome ser creativo. Me pasa andando, en un tren, en la ducha o saliendo de una conversación que me ha dejado el cerebro caliente. Y sobre todo bajo presión comunicativa: poco tiempo, tema difícil y público no especializado. Esa tensión entre ser preciso y ser claro me enciende. Con el brote del Hondius hice ochenta y dos entrevistas y veinte infografías en cuestión de días; una de ellas, la de las vías de contagio, acabó republicada en un montón de televisiones y revistas, algunas internacionales. Agotador, pero cuando no hay margen para adornos es cuando salen las mejores imágenes.

La creatividad es una forma de mirar; la asocio con cambiar el ángulo de una pregunta y encontrar una salida donde parecía haber tan solo una pared. Alfredo Corell

¿Qué hábitos recomendarías a una persona que quiere rendir mejor intelectualmente?

Lo primero, dejar de tratar al cerebro como si flotara aparte del cuerpo. Duerme decente, muévete, come con cabeza y baja el estrés. Pero para mí lo grande hoy es otra cosa: recuperar la atención. Vivimos secuestrados por la notificación, y así no se piensa, solo se reacciona. Lee fuera de tu carril, habla con quien no piensa como tú, abúrrete de vez en cuando —el aburrimiento es terreno fértil, no tiempo perdido— y busca ratos sin pantalla como si te fuera la cabeza en ello, porque un poco te va. Rendir no es acumular datos como un disco duro; es tener espacio para relacionarlos y valentía para dudar.

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar de opinión cuando aparecen nuevas evidencias?

Porque una idea casi nunca viaja sola: va pegada a quiénes somos, a nuestro grupo y a lo que hemos defendido en voz alta. Y el cerebro, por mucho que presumamos de seres racionales, muchas veces no busca la verdad, busca no quedar mal y seguir perteneciendo a la tribu. Cambiar de opinión, para mucha gente, se siente como una traición a los suyos, y por eso defendemos lo indefendible con una energía que ya quisiéramos para otras causas.

Lo estamos viendo ahora mismo con la crema solar: una polémica tremenda, con gente negando la evidencia sobre la fotoprotección no porque los datos fallen, sino porque aceptarlos les toca la identidad. Y cuando alguien niega la ciencia por ideología, ya no discutes con datos: discutes con su espejo. Ahí de poco sirve tener razón. Por eso defiendo la ciencia casi como un ejercicio moral, no solo intelectual: es de las pocas disciplinas que te obliga por sistema a aceptar que te has equivocado y a seguir adelante sin drama. Rectificar no es humillarte, es hacerte mayor. A mí me gustaría que diera más vergüenza aferrarse a un error que corregirlo.

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¿Qué te sigue despertando curiosidad después de tantos años dedicado a la ciencia?

El equilibrio. En inmunología hablamos mucho de defensa y de ataque, con un lenguaje casi bélico, pero el sistema inmunitario se pasa la vida haciendo algo menos épico y mucho más difícil: tolerar, regular, reparar y convivir con los billones de microorganismos que llevamos dentro sin declararles la guerra. El sistema inmunitario no vive para atacar; vive, sobre todo, para convivir. Y esa frontera entre cómo vives —lo que comes, cuánto te mueves, cuánto te inflamas— y cómo responden tus defensas es de lo que va Inmunidad en forma, mi reciente libro… del que estoy preparando ya una bonita, útil y atractiva secuela.

Ahora mismo estoy fascinado con el mundo del yogur, el kéfir, la kombucha y todos esos probióticos que podemos comer de forma natural. Me parece un territorio precioso porque une tradición, cultura gastronómica y ciencia puntera: llevamos milenios fermentando alimentos casi sin saber por qué nos sentaban bien, y hoy empezamos a entender esa conversación entre lo que comemos y quiénes nos defienden. El kéfir o la kombucha son, en el fondo, comida viva dialogando con nuestras defensas. Y en este contexto me sigue espoleando la pregunta de siempre: cómo consigues que algo riguroso no salga frío y que algo sencillo no salga simplón. En eso no he terminado de aprender, y espero no terminar nunca, sigo buscando permanentemente las pinzas de tender.

Vivimos secuestrados por la notificación, y así no se piensa, solo se reacciona. Alfredo Corell

Para terminar, en Creatividad Activa defendemos que la creatividad se entrena. ¿La curiosidad también se puede entrenar?

Se entrena, pero lo urgente es no cargársela. Un niño es curioso de fábrica: pregunta, prueba, la lía, vuelve a preguntar. Luego llegan las prisas, el miedo a hacer el ridículo y una escuela demasiado obsesionada con la respuesta correcta, y le van bajando el volumen hasta dejarlo casi mudo. Se reentrena leyendo lo que no te tocaba, escuchando a quien te incomoda un poco y con una pregunta que a mí me parece mágica: “¿y si no fuera así?”. Y aceptando que decir ‘no lo sé’ no te hace débil: es, literalmente, donde empieza todo. Para mí la curiosidad es un músculo, y como todos, se atrofia si no lo usas.

Muchas gracias Alfredo por compartir tu punto de vista, experiencia y conocimiento sobre la creatividad.


Entrevista concedida por Alfredo Corell a Creatividad Activa en julio de 2026.

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