La tipos de memoria es una expresión que usamos a menudo para referirnos a un sistema complejo que hace posible aprender, recordar, imaginar y tomar decisiones. No es un “cajón” único donde se guardan recuerdos, sino una red de procesos y almacenes que trabajan en equipo.
Comprender cómo funciona la memoria te permite entrenarla mejor, detectar bloqueos creativos y diseñar hábitos que potencien el aprendizaje. Cuando la memoria falla (olvidos, confusiones, lapsus), nos damos cuenta de lo esencial que es para nuestra identidad y para dar sentido a la experiencia.
Desde la psicología y la neurociencia, la memoria se estudia como una función cognitiva superior estrechamente vinculada a estructuras como el hipocampo (lóbulo temporal) y a redes distribuidas en la corteza cerebral.
Procesos fundamentales de la memoria
La memoria opera mediante tres procesos clave que se retroalimentan:
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- Codificación. Transforma los estímulos (lo que ves, oyes, tocas o piensas) en representaciones mentales comprensibles. La atención y el significado personal mejoran la codificación.
- Almacenamiento. Retiene y organiza la información en el tiempo. No es un “archivo estático”: los recuerdos se consolidan y se reorganizan.
- Recuperación. Permite acceder a lo almacenado cuando lo necesitas. Las pistas contextuales (lugar, emoción, estado mental) facilitan recordar.
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Estos procesos explican por qué aprendemos mejor cuando prestamos atención, elaboramos el contenido (lo relacionamos con algo propio) y practicamos la recuperación activa (recordar sin mirar).
Tipos de memoria
Hablar de tipos de memoria no es hablar de un único “lugar” donde se guardan los recuerdos, sino de un sistema complejo compuesto por distintos procesos y almacenes que trabajan de forma coordinada. Gracias a esta diversidad de memorias podemos percibir el mundo, aprender, automatizar habilidades, construir nuestra identidad y crear a partir de experiencias pasadas.
En psicología y neurociencia, la memoria se clasifica de diferentes maneras para entender mejor cómo funciona. La más conocida es la clasificación según su duración, pero no es la única. Existen otras formas de organizar los tipos de memoria en función de su contenido, su nivel de conciencia o el sistema cerebral que las gestiona.
Tipos de memoria según su duración
Memoria sensorial
Retiene por milisegundos o pocos segundos la información que llega por los sentidos. Actúa como “puerta de entrada” al sistema de memoria.
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- Icónica (visual): huella visual brevísima.
- Ecoica (auditiva): rastro del sonido.
- Háptica (táctil): sensaciones del contacto.
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Memoria a corto plazo (MCP) y memoria de trabajo
La MCP mantiene información durante segundos. La memoria de trabajo va más allá: mantiene y manipula la información para razonar, comprender un texto o planificar. Incluye componentes para lo verbal y lo visuoespacial, coordinados por un sistema ejecutivo. Es crucial para resolver problemas creativos en tiempo real.
Memoria a largo plazo (MLP)
Almacena información de minutos a toda la vida. Aquí distinguimos dos grandes sistemas:
Explícita (declarativa). Requiere conciencia al recordar.
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- Semántica: conocimientos y lenguaje (hechos, conceptos).
- Episódica: experiencias personales situadas en tiempo y lugar.
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Implícita (procedimental o no declarativa). Se expresa en el desempeño, sin necesidad de recuerdo consciente.
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- Habilidades motoras (montar en bici).
- Condicionamiento y aprendizajes automáticos.
- Priming (facilitación por exposición previa).
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Otras formas de clasificar los tipos de memoria
Además de la duración, los tipos de memoria pueden clasificarse según su contenido, su nivel de conciencia o su función adaptativa. Estas clasificaciones están ampliamente respaldadas por la investigación en psicología y neurociencia:
Memoria declarativa (explícita) y no declarativa (implícita)
La memoria declarativa es aquella a la que accedemos de forma consciente. Incluye los recuerdos de hechos, datos y experiencias personales. La memoria no declarativa, en cambio, se expresa en el comportamiento sin necesidad de recordar de forma consciente cómo se aprendió algo. Gracias a ella podemos automatizar habilidades y responder de manera casi automática a ciertos estímulos. Esta distinción explica por qué una persona puede aprender una destreza sin poder explicar verbalmente cómo la ha adquirido.
Memoria episódica y semántica
Dentro de la memoria declarativa se distinguen dos grandes tipos. La memoria episódica recoge experiencias personales situadas en un contexto concreto de tiempo y lugar, mientras que la memoria semántica almacena conocimientos generales, conceptos y significados del lenguaje. Ambas trabajan juntas: nuestras experiencias personales se interpretan gracias a los conocimientos previos que ya tenemos sobre el mundo.
Memoria procedimental y hábitos
Forma parte de la memoria implícita y está relacionada con la adquisición de habilidades motoras y cognitivas, así como con la formación de hábitos. Este tipo de memoria es especialmente resistente al olvido y se consolida a través de la práctica repetida. Es clave para actividades creativas que requieren técnica, como tocar un instrumento, dibujar o bailar.
Memoria prospectiva
Se refiere a la capacidad de recordar hacer algo en el futuro. No es solo recordar el pasado, sino mantener una intención activa para ejecutarla más adelante. Este tipo de memoria está muy relacionada con la organización personal, la planificación y la autonomía en la vida cotidiana.
Por qué es importante la memoria
La memoria sostiene el aprendizaje, la identidad personal y la adaptación al entorno. Gracias a ella, integramos experiencias pasadas para anticipar consecuencias, tomar decisiones y crear soluciones nuevas. En creatividad, la memoria aporta el “material” (conocimientos, vivencias, patrones) que luego recombinamos de forma original. Además, el equilibrio entre memoria episódica (experiencia) y semántica (conocimiento) enriquece la generación de ideas.
Cuando hay fallos (estrés crónico, privación de sueño, multitarea constante), se resiente la codificación y la recuperación. Cuidar la memoria es cuidar la base del pensamiento creativo.
Tips para trabajar y cuidar la memoria (y potenciar tu creatividad)
Cuidar la memoria no es solo hacer ejercicios mentales de vez en cuando: es construir un entorno y unos hábitos que favorezcan que el cerebro codifique, consolide y recupere mejor la información. La memoria se entrena en lo cotidiano, en cómo dormimos, cómo nos movemos, cómo atendemos y cómo nos relacionamos con la información.
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Muévete a diario (deporte y actividad física). El movimiento regular mejora la oxigenación del cerebro y favorece la plasticidad neuronal, lo que facilita la formación y consolidación de recuerdos. No hace falta un entrenamiento extremo: caminar, bailar o hacer ejercicio moderado ya tiene un impacto real en la memoria y en la claridad mental.
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Prioriza un buen descanso. Dormir bien es clave para que los aprendizajes del día se consoliden. Durante el sueño, el cerebro reorganiza y fija los recuerdos. Dormir poco o mal se traduce en peor atención, más olvidos y mayor dificultad para recuperar la información cuando la necesitas.
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Entrena la recuperación (no lo busques todo al instante). Antes de acudir al móvil o a internet, haz el esfuerzo de recordar nombres, datos o ideas. Forzarte a recuperar la información fortalece la memoria y reduce la dependencia de apoyos externos. No se trata de evitar la tecnología, sino de no delegar en ella todo el trabajo mental.
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Practica la atención plena y el “modo focus”. Dedica cada día unos minutos a entrenar la concentración consciente y reduce la multitarea cuando estés aprendiendo o creando. Cuanta más atención hay en el momento de codificar la información, más sólida será la huella de memoria y más fácil será recuperarla después.
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Si estás estudiando, reparte el estudio en el tiempo. Las repeticiones distribuidas en varios días o semanas consolidan mucho mejor que los “atracones” de última hora. Volver al contenido de forma espaciada crea recuerdos más estables y duraderos.
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Cambia de formato para aprender mejor. Dibuja esquemas, explica en voz alta lo que has aprendido o dramatiza una idea. Activar distintas rutas sensoriales y cognitivas mejora la codificación y hace que la información sea más accesible en el futuro.
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Referencias
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